miércoles, 6 de marzo de 2013

NIÑAS y COLETAS

Antes de que yo naciera, mamá siempre dijo que prefería que fuera una niña. Antes de que Elenita naciera, mamá dijo una vez más que prefería que fuera una niña. Y las dos fuimos niña. Mamá tenía una lista infinita de razones para preferir niñas, aunque no habría dudado en tacharlas una por una de haber sido alguna de nosotras un niño. Son razones muy subjetivas y algo frívolas, pero era solo una preferencia...
  • Por lo general, me gustan más los nombres de niña que los de niño
  • Quiero que hereden algunas cosas mías, de cuando era pequeña
  • La ropa de niña es muuucho más bonita que la de niño
  • Las niñas son más tranquilas que los niños
  • Las manualidades y cosas que hago son mas de niña que de niño
  • Las niñas comparten más con su madre
  • Cuando son mayores, las niñas «son más de su casa» que los niños
  • Me niego a asistir a aburridísimos entrenamientos entrenos de fútbol bajo la lluvia
  • Y mil motivos más...
Sin embargo, en esta lista NUNCA hubo NI POR ASOMO ningún motivo relacionado con el pelo, las melenas, los peinados, las trenzas... Mamá es una negada en el campo «peluqueril»... Torpe, torpe. Una trenza de raíz le parece una obra de arte irreproducible... Nunca ha sabido hacer nada más complicado que una triste cola de caballo en pelo ajeno... no digamos en el suyo... Si ya solo secándose el pelo frente al espejo se da cada golpetazo con el secador... Dicho esto, no es de extrañar que casi siempre vayamos con la coletita de rigor, un básico mínimo esencial que toda madre del mundo sabe hacer mejor o peor (nuestra madre peor que mejor).

Cuando tiene una melena entre las manos sus dedos no son dedos; como si fuera Terminator (¿os acordáis?), de repente se transforman en piezas metálicas completamente rígidas, que sujetan malamente mechones desiguales y que mamá no sabe en qué dirección mover. Su mente se bloquea... La izquierda es la derecha y arriba es abajo... Solo se anima a hacernos una simple trencita a un lado si no llegamos tarde a ningún sitio y a menudo desiste, después de intentarlo dos o tres veces, porque no aguanta el dolor en los dedos agarrotados. En estas ocasiones, además de despotricar un rato y echarnos la culpa por haber movido la cabeza, suele alabar el arte de las peluqueras... 

Los días que consigue poner por fin la goma que para ella equivale a clavar la bandera después de hacer cumbre en el Everest sin que la trenza maldita se deshaga entre sus manos, dice triunfante: «Hala, muy guapa». Hoy ha sido uno de esos días. Pobre... Mami, no nos importa nada.



1 comentario:

  1. Cris, eres una auténtica exagerada. De todos modos, la manera en que redactas la caricatura del momento trenza es pura artista. En serio, lo de la bandera en el Everest me parece una metáfora perfecta. Me ha encantado vivir el momento contigo. Te estoy viendo... con el cigarro en la boca y el ojo guiñado para que no te entre el humo, sin saber si el humo es del cigarro, ya, o de la cabeza tuya, con los dedos entre elpelo de las niñas, que no se quedan quietas... jajajaja. ME ha encantado.

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