martes, 25 de octubre de 2011

Y un año más


Aquí estamos un año más con la foto en la mecedora naranja (que, a la pobre, de naranja le queda poco...). Un año entero... ¡Cómo pasa el tiempo! En estos doce meses nos ha dado tiempo a crecer casi un palmo; dejar atrás la guarde y los pañales para siempre; saber que nos gustan los dibujos animados y que SÍ podemos quedarnos absortas ante una tele encendida; dar nuestras primeras brazadas no-de-perrito en una piscina; aprender un montón de colores, letras y números; descubrir que, con un poco de mala suerte, los dientes que con tanto dolor nos salieron pueden volver a esconderse; darnos cuenta de que nos encanta el potaje de garbanzos de la abuela; experimentar en carne propia el efecto del chocolate por la noche; sorprendernos ante el hecho de que, por mucho que nos peleemos, nos echamos de menos a los cinco minutos de estar separadas; sondear nuevas aptitudes artísticas que no sabemos muy bien si «están ahí» o no, como la danza o la interpretación; estar siempre pendientes de lo que la otra quiere, tiene, dice o hace para querer, tener, decir o hacer exactamente lo mismo y siempre llorando, claro; darnos cuenta por fin de que las pegatinas dejan de pegar después de pegarlas y despegarlas 1.000 veces; apreciar y cuidar los cuentos bonitos, que NO se pintan, NO se pisan, NO se arrugan, NO se recortan y NO se llevan al cole; decidir qué queremos ser de mayores y cambiar de parecer cien mil veces: hoy madre, mañana profe, pasado mañana médico y siempre payasita; perder la vergüenza; levantarnos solitas a hacer pis en mitad de la noche, casi siempre; entender por fin que, aunque sea incomprensible, a papá y a mamá les gusta dormir; asimilar la premisa «si descalzas, entonces tos y mocos»; comprender que mamá, después de oír la palabra «mamá» cien veces seguidas, deja de entenderla; aceptar que las canciones no tienen dueño y que, por tanto, no pasa nada y no hace falta llorar si las canta otra persona; entender que no saldrá un pollito del huevo si tardamos en hacer la tortilla; jugar juntas y sin peleas media hora como mucho, porque más tampoco conviene; olvidarnos «queriendo» de que NO se salta en los charcos; entender que Madrid está lejos y que, por eso, no podemos ir a casa de Rodri mañana ni Claudia puede venir a merendar hoy; y mil cosas más.


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