viernes, 4 de diciembre de 2009

Al final de la M-30

Sí, ya sabemos que la M-30 no tiene final... que es una circunvalación y que, por tanto, es circular... que si quieres (y eres un poco tonto) podrías estar dando vueltas a Madrid toda la vida... Pero cuando fuimos a casa de Vane la última vez que estuvimos en Madrid, nos pareció haber llegado al final finalísimo de la M-30. Para que la aventura que os voy a contar tenga algo de gracia, es necesario que sepáis antes unas cuantas cosas:

  1. Mamá tiene el carné de conducir desde hace un año.

  2. Aparte del viaje de vuelta desde San Vicente a La Coruña este verano (que lo pasó mal, mal, mal), jamás había cogido el coche excepto para ir a nuestros respectivos colegios.

  3. Y, lo más importante de todo, ODIA conducir con toda su alma.

Pues bien, dicho esto, la aventura de alto riesgo transcurrió así:

Mamá había quedado con Vane en ir a conocer su casita nueva el viernes y, ya de paso, comer las cuatro juntitas allí. Como mamá no sabía llegar a su casa (y sigue sin saber, POR SUPUESTO), hizo que Vane viniera hasta casa de los abuelos para después seguirla todo el camino. Imaginaos: viernes, dos de la tarde, TODOS los coches de Madrid en la carretera... ¡en esa carretera! Vane decidió ir por la avenida de la Ilustración, M-30, etc. hasta el ensanche de Vallecas, que es donde vive con Ernesto, su amor. Ella dice que era sólo la M-30 pero a mamá le dio la sensación de que habíamos cambiado de carretera algo así como mil o dos mil veces. Y venga desvíos; y venga incorporaciones. Por fin llegamos (eso, por fin), conocimos la casa (muy bonita y enorme) y comimos (todo muy rico y muy abundante). Pasamos el rato jugando (no quisimos dormir siesta) y, un poco antes de que se hiciera de noche, nos dispusimos a ponernos en camino. Vane sugirió que desanduviéramos lo andado. ¿QUE QUÉ? Mamá no había leído ni un solo cartel y es que no sabría ni hacia dónde tirar una vez sentadas en el coche. Y le dijo a Vane: «a mí déjame en la entrada de la M-40 dirección norte, aunque sea más largo, que es lo único que conozco». De camino a la entrada de la M-40, ¡OH, NO!, perdimos a Vane en una rotonda en obras en la que ocho guardias civiles habían parado a charlar. Estaban los ocho fuera de los coches. ¿Y dónde estará Vane? «Mamá, ¿dónde está el coche azul?». Mamá empezó a dar vueltas a la rotonda, y otra vuelta, y otra vuelta. En la última vuelta los guardias civiles nos miraban y ella, casi llorando, deseaba con todas sus fuerzas que nos pararan. Tres carteles: Mejorada del Campo (huy, por ahí no), T.O.L.S.A. (eso nos suena a fábrica, por ahí tampoco) y Zaragoza M-45 (mmm, nos suena a circunvalación; pues nos vamos por ahí a ver qué pasa). Pues eso, que nos fuimos por ahí y, de purita casualidad, ¡encontramos de nuevo el coche azul! A partir de ahí, todo bien; viernes, siete de la tarde, de noche y con mucho tráfico, pero todo bien. Llegamos a casa hora y media después de haber salido de casa de Vane... pero sanas y salvas. Bueno, la pobre mamá tenía los brazos doloridos desde el cuello hasta la punta de los dedos, de la tensión... Ah, hay que decir que íbamos sin teléfono móvil.

En fin, menuda aventura, ¿eh? Estas fotos las hizo Vane con su cámara nueva durante la sobremesa.



2 comentarios:

  1. Jajajaja, ni Miguel De La Cuadra Salcedo ha corrido una aventura semejante.
    Para no faltar a la verdad, diré que cambiamos de la M-40 a la M-30 y de ahí, a la carretera de Valencia. Si condujeras más por Madrid, sabrías que eso lo hace cualquier día cualquier madrileño que coja el coche para ir a trabajar o algún centro comercial. Es lo que tiene Madrid, que no paras de cambiar de carretera. He de reconocer que yo, al principio también lo pasaba fatal por las autopistas y me metía por la Castellana aunque tardara el doble, pero eso de que hubiera semáforos, me daba más seguridad (y tiempo para recomponerme, para qué engañarnos).
    Me encantaría que pudieras aprenderte el camino a base de venir a verme por las tardes e irnos de compritas con las peques. No sé cuándo voy a superar esta nostalgia, o añoranza o como se diga, de los años en que nos veíamos todos los días. Creo que ya llevamos más tiempo sin vernos a diario que lo que llevamos viviendo tan alejadas pero yo sigo echándolo de menos. ¡Qué sería de mí sin el teléfono!
    No sé si pensar en qué mala suerte tengo de que mis amigos vivan a tantos kilómetros de mí o en qué buena, por tenerlos tan buenos que a pesar de la distancia, podemos seguir considerándonos amigos. Tendré que consolarme con esto último. De todos modos, espero que algún día sepas venir a casa con los ojos cerrados.
    Os quiero

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  2. pero qué tierna te pones...
    algún día me aprenderé el camino... o me comparé un navegador parlante!!!!!

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