lunes, 16 de noviembre de 2009

¿La señora tomará algo de postre?

No, gracias.

Yo, como mamá, no soy nada golosa. Simplemente, el dulce no me dice mucho... Un poco de chocolate de vez en cuando, un par de gominolas, un heladito... Pero no más. A mamá le pasa lo mismo. Nunca ha sido de tartas, ni de pasteles, ni de mousses, natillas, etc. Sin embargo, el motivo de mamá no se limita a que el dulce no le dice mucho y ya está, como ya he dicho que es mi caso. Veamos porque es algo mucho más complejo.

Mamá dice que la llamemos loca, pero que a santo de qué tienen que poner esos nombres a los dulces. Se pregunta qué siniestra razón habrá para que los postres tengan nombres de «partes del cuerpo humano». Ella cree que eso los hace mucho menos ―por no decir nada― apetecibles. Pensadlo un rato en los términos que plantea mamá. ¿Os apetece la oreja de un orejudo? ¿Un fémur de santo? ¿Qué me decís de un mechón de pelo de ángel? Y, sobre todo, ¿queréis una rodajita del brazo de un gitano? Mamá ni loca. Nunca jamás ha probado ninguno de ellos. ¿No sería mejor buscar otro nombre? El abuelo Manolo lo intenta y, cuando vamos a su casa a comer, le ofrece a mamá huesitos de santo disfrazados de canutos de crema, por ejemplo. Pero como además de todo esto, también es verdad que el dulce no le dice mucho (y los canutos de crema son dulces), pues acaba comiéndose un par de mandarinas tan ricamente...

Después está también el grupo de postres cuyo ingrediente principal generalmente se come en su versión salada. Jamás de los jamases ha probado ni probará el arroz con leche o la quesada pasiega, por ejemplo. Dice que al pan, pan y al vino, vino; o lo que es lo mismo, el arroz con tomate y el queso en bocata.

Yo no soy golosa pero los orejones me encantan. Ayer la abuela Elena me trajo algunos...



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