lunes, 1 de junio de 2009

Mamá, ¿hay alguien en casaaaaaa?

Esto del lenguaje del abanico se asocia a las damiselas enamoradas de principios del siglo XX, que utilizaban el abanico y la forma de sujetarlo y abrirlo para dejar las cosas claras a sus pretendientes. Yo he recuperado esta costumbre de tatarabuelas para ver si de una vez por todas mamá entiende lo que quiero decirle y se da por aludida. Parece mentira; casi nueve meses juntas y todavía no se entera de nada.

El viernes hizo un calor de mil demonios y como en ese salón de casa que es un invernadero no se podía respirar, literalmente, mamá me vistió fresquita y nos bajamos al parque. Pero nada de paseo... hacía demasiado calor para pasear. Buscamos una sombra buena y nos tumbamos en la mantita de rayas (que menuda compra buena ha resultado; por cierto, es de IKEA) y allí echamos dos horitas. Me entretuve mucho rato mirando a mi alrededor: a la gente que paseaba, a los perros que se acercaban a saludarnos, a los árboles que hacían ruido cuando soplaba un pelín de brisa... Como visto un árbol, vistos todos (y lo mismo con los perros y los paseantes) empecé a aburrirme. Protesté y llóré para ver si mamá se enteraba. Habíamos bajado unos cuantos juguetes pero no me apetecía nada jugar con ellos; también los tengo muy vistos. Protesté y lloré más. Entonces mamá sacó del bolso un abanico y a por él que me lancé. Mamá, ¿cómo no se te había ocurrido antes? Este juguete sí que me gusta.


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